«La hija de un ladrón», un lugar donde existir

A veces un padre puede convertirse en una atadura insoportable, no cabe la renuncia. Pero al tiempo tampoco poder desentenderse del dolor que provoca su ausencia, es la expresión de una contradicción existencial, una tormenta de emociones. En un momento de la película de Belén Funes, la joven Sara, madre de un bebé que se ha constituido en el epicentro de su vida, responde a la pregunta que le hace el padre de su hijo: “¿por qué no te olvidas ya de él (de su padre)? Porque no puedo, lo llevo en mi cara”. Este hilo invisible que aferra a los dos personajes (padre e hija) con tal tensión que produce heridas, y también golpes físicos y peleas dialécticas, queda sobrecogedoramente representado en la pantalla por los lazos de identidad entre los dos actores (Eduard Fernández y Greta Fernández, padre e hija en la vida real) en los que advierte esa misma mirada, la familiaridad de las expresiones, ese dibujo ambivalente en dos rostros en los que cabe adivinar dos caras de una misma moneda.

Federico García Serrano

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Atención, el análisis de la película puede desvelar aspectos de su argumento

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