Las señas de identidad del cine español

No sé si en un alarde de estulcia, de vanidad innecesaria o de sinceridad inconfesable, tal vez por la espontánea manifestación inconsciente de un ego traicionero, el cineasta Fernando Trueba puso el dedo en la llaga escoltado por la ikurriña y la bandera nacional. En el mes de septiembre del año pasado, ante la atónita mirada del Ministro de Cultura, espetaba al recoger ni más ni menos que el Premio Nacional de Cinematografía: la verdad es que yo nunca me he sentido español, ni cinco minutos de mi vida, jamás. En los mundiales siempre iba con la selección de otros países, nunca he tenido un sentimiento nacional, siempre he pensado que en caso de guerra yo iría con el enemigo. Que le den un premio nacional a una persona como yo es medio incorrecto, ¿no? ¡Qué pena que España ganara la Guerra de la Independencia…! Amí me hubiera gustado muchísimo que la ganara Francia.

Quizás Trueba esperaba que sus palabras fueran contextualizadas con las carcajadas de los asistentes pero en el silente aplauso protocolario se mascaba la tragedia. No hubo risas sino rictus[1]. Sus palabras fueron encajadas con cortesía por las autoridades pero incendiaron las redes sociales, que ya se han convertido en el termómetro de las expresiones públicas, un gallinero ciberespacial ansioso de estas carnazas. El asunto se salió de madre. Se procedió al linchamiento virtual, censurando al cineasta su incoherencia. Se le retó públicamente a devolver el dinero del premio que se le concedía, las subvenciones oficiales del estado español a sus películas… Ante el escándalo que suscitaron sus palabras y tal vez la ruina económica derivada sobre su última película, paradójicamente titulada La reina de España, secuela de La niña de tus ojos, una de las más españolas películas del cine español, Fernando Trueba quiso explicar que todo había sido una boutade humorística mal entendida. Aclaró a la prensa que él ama a España, que paga aquí sus impuestos, etc, etc… Pero ya daba igual. Dio igual la salida a la palestra de la profesión solidaria, intentando echar un capote, aunque solo fuera por vergüenza torera. Las palabras de Trueba fueron como una sentencia, pero también contribuirían a la justificación de lo que estaba por venir.

La película de Trueba seguramente no necesitaba este intento de boicot, simplemente se caería por si sola. La crítica fue clemente, pero sentenció el estrepitoso fracaso, rubricado por los espectadores y las notas populares: un suspenso como una catedral. Ni llegó al cinco… Un 4,6 en Filmafinitty y la misma puntuación en IMDb. El crítico de The Hollywood Reporter, Jonathan Holland, lo resumió muy bien: «Una dramedia histórica simpática pero poco memorable (…) ‘La reina de España’ es la clase de proyecto que a los equipos de marketing les gusta calificar como ‘clásico’, cuando en el fondo saben que es simplemente pasado de moda» 

Tres meses después, la ceremonia de entrega de los Premios Goya 2017 corroboran de alguna manera la incontrolada sinceridad de Trueba, cuya filmografía ni deja lugar a dudas de su identidad cultural (especialmente cuando los guiones los firmaba Rafael Azcona), ni de los intentos por superar las fronteras (Two Munch, El sueño del mono loco, Chico y Rita…)

Se diría, viendo la gala de los Goyas y los títulos nominados y premiados por los académicos de nuestro cine, que el cine español no se siente español, aunque hace gala de españolidad para reclamar la fidelidad de los españoles en la taquilla. Tal vez todo queda en una retórica para el aplauso, una apelación a la solidaridad entre personas del mismo gremio.

La propia gala de los Goya es una apelación a la españolidad. Sin ningún tapujo, todos reconocen que el principal sentido de estos espectáculos televisivos está en la promoción de las películas y en la llamada a las salas que se genera, al poner las películas en el escaparate, al lucir a sus profesionales y hacerles ganar cuotas de popularidad entre el público que debe retratarse en taquilla.

Pero la hora de ir al cine, los españoles tampoco se sienten españoles. No es como en el fútbol, que cada gol y cada victoria se festeja como algo propio. A la hora de ir al cine, las películas españolas cuestan lo mismo que las demás y divierten o aburren con la misma vara de medir. Tampoco las películas son especialmente españolas.

Un monstruo viene a verme, que acaparó el mayor número de premios y la máxima aceptación del público en taquilla, está basada en una novela del escritor estadounidense Patrick Ness, al frente del reparto no hay ni un solo actor español y el film es una coproducción entre EEUU, Canadá, Gran Bretaña y España. La película se estrenó en Toronto antes que en Madrid. Aunque con ardor patriótico podamos presumir de que su director, Juan Antonio Bayona, es español, catalán para más señas de esa Barcelona que es un hervidero de independentismo, de evidente orientación y proyección internacional, nada en el argumento, en la historia, en los conflictos, en los personajes supone ni de lejos un reflejo de identidad nacional. Utilizarla para reivindicar el cine español y la falta de trabajo de sus profesionales no deja de ser una ironía, que para nada desmerece los méritos de un producto cuya factura comercial y artística, en muchos aspectos, ha resultado ser impecable.

La mejor película del cine español del año, al juicio de los académicos, ha sido Tarde para la ira, un thriller de venganzas y crímenes, dirigido con la maestría del mejor telefilm, escuela y referente para las jóvenes generaciones de cineastas, nacidos en España o en Singapur. En este caso, el gremio nacional se congratula con la industria nacional. El protagonista, Curro, atracó una joyería española, sale de una cárcel española y desarrolla una venganza a la española. El director Raúl Arévalo y todo el cuadro técnico, la producción (La Canica Films y TVE) y la financiación del film son nacionales. Me pregunto cuál es la identidad cultural de esta película.

Otra de las triunfadoras del año ha sido Que Dios nos perdone, de Rodrigo Sorogoyen, también un thriller policiaco con asesinos en serie y el trasfondo, al menos, de la crisis económica y el movimiento social del 15-M en la contextualización. El mayor alarde de españolidad lo pone, como casi siempre, Pedro Almodóvar, con Julieta, su drama psicológico que parece nacido para alimentar el cosmos iconográfico del manchego, para la música de Alberto Iglesias y para desafiar la capacidad interpretativa de la inmensa actriz Emma Suarez. Las siete nominaciones a los premios, solo Emma Suarez triunfó, no esconden que una vez más una discreta taquilla y que Almodóvar sea más apreciado fuera de España que en la tierra que lo vio nacer, donde brilla el mayor elemento de identidad nacional: la envidia.

Al fin una historia española por los cuatro costados en El hombre de las mil caras, que le pone cara y apellidos al fenómeno más característico de la sociedad española contemporánea: la corrupción. Y una llamada a los nostálgicos de lo de antaño, 1898. Los últimos de Filipinas.

Seguramente las señas de identidad del cine español actual debamos buscarlas en esas películas pequeñas que pasan fugaces por las pantallas, que no ganan Goyas, ni son éxitos de taquilla, que casi nadie ha visto ni habla de ellas y hacen equilibrios para no caer en el cajón del olvido.

Podríamos concluir diciendo que tal vez, como Fernando Trueba, ni el cine español ni el público español se sienten españoles… por qué no decirlo, la globalización ha hecho del cine un arte universal, en el que a veces aparecen destellos de identidad cultural y a veces no. Más allá de gremialismos pecuniarios, que apelan al patrioterismo con afán futbolero, a nadie parece importarle demasiado. No es un signo de nuestra identidad, sino de nuestro tiempo.

  1. [1] Rictus: Contracción de los labios que deja al descubierto los dientes y da a la boca un aspecto parecido al de una sonrisa forzada.

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