“Roma, olvidos y recuerdos”

Decía Mario Benedetti, a propósito de su libro Insomnios y duermevelas, que “la infancia es un privilegio de la vejez”. El niño simplemente se deja llevar por su curiosidad y almacena inconscientemente las emociones (los recuerdos que recobran vida y sentido con la madurez) en el desván de la memoria. No ha necesitado sin embargo llegar a viejo Alfonso Cuarón para utilizar ese privilegio, adentrándonos en los laberintos de su propia memoria, para el reencuentro con sus emociones más íntimas. Con los paisajes humanos y geográficos de la barriada de Ciudad de México, en donde se desarrollaron los primeros años de su vida, al comienzo de la década de los setenta. De esos recuerdos ha surgido una película pulcra en el lenguaje, sincera en las emociones, de profunda raíz mexicana, social y personal, una mirada introspectiva a los personajes, las mujeres (la tata, la madre) que forjaron la identidad de ese niño que aún parece habitar dentro de la memoria, de la mirada del cineasta.

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