Humor en tiempos de crisis

Si entre los grandes maestros del cine clásico están Charles Chaplin, Bustear Keaton, los hermanos Marx, Stan Laurel y Oliver Hardy, Jerry Lewis, Jacques Tati, Mel Brooks, Blake Edwards, Billi Wilder, los Monty Python, Edgar Neville, Luis García Berlanga, Woody Allen y tantos otros que no cito.., me pregunto por qué hoy el humor está casi prácticamente desaparecido de las carteleras cinematográficas. Convendría recordar, como decía Groucho Marx, que «el humor es una cosa muy seria», imprescindible para equilibrar los espíritus, muchos más necesario cuando éstos andan un poco atormentados con la amenaza de la Tercera Guerra Mundial y algunos «cómicos» sin mucha gracia, como Trump, Putin, Al-Hasad, Kim Jong-um… algún día alguien les hará un biopic, esperemos que sea una película de risa y no de miedo y que para entonces exista gente del talento de Chaplin, Rowan Atkinson o Woody Allen para salpimentar la butifarra.

Dicen que decía Julio César, el emperador romano, que «no me fío de la gente que nunca se ríe«, y por extensión, tal vez podríamos tomar por «patología grave» esta crisis de amargura que sufre el cine contemporáneo, tan reconcentrado y mohíno en las esencias del narcisismo estético, del subtexto del contratexto, del drama, del relato fragmentado, de la trascendencia de la nada y el simbolismo de lo inconexo.., pero lo que más me preocupa son los rictus severos de tantos críticos, profesores e intelectuales, por todas partes pontificando sobre la cosa cinematográfica. De tanto «frikismo intelectual». Yo estoy mosqueado con tanta gente de esta que nunca se ríe y manda un huevo: están infiltrados en el poder, en los consejos de administración, en las cátedras, en los tribunales.., pienso en que se hagan también productores o realizadores cinematográficos y «se me ponen los pelos como escarpias»

El primero en señalar la importancia del humor en la vida psíquica fue Sigmund Freud, que aunque casi nadie lo sabe, era un tipo muy divertido (a su manera) que coleccionaba chistes («la humanidad progresa, decía, ahora sólo queman mis libros, siglos atrás me hubieran quemado también a mi«). Aunque hace ya más de un siglo de la publicación de su tan citado «Tratado sobre el chiste» («cuidado, uno puede defenderse de los ataques pero estamos indefensos ante los elogios») Pues bien, Freud reflexionó con lucidez sobre las raíces inconscientes del humor, que mucho antes que un género o un recurso para el espectáculo es una necesidad (como el beber), un lenguaje universal, una terapia… el humor nos proporciona placer y nos hace un poco menos prisioneros, diría Gómez de la Serna, es como un pájaro que escapa de una jaula.

Para mi pensar en el humor significa retrotraerme, evocar la infancia, y así lo dejé escrito:

Cuando era niño sentía fascinación por el circo. Sin duda no eran muchas las ocasiones en las que un circo se desplazaba hasta Albacete, mi ciudad natal: un mundo cerrado en sí mismo, provinciano y algo desértico, situado en el corazón de La Mancha. Pero, a buen seguro, al menos una vez al año, los circos llegaban a la feria de septiembre, y se hacían hueco entre los tractores y los aperos…Entre la noria y las tómbolas, muy cerca del recinto circular agropecuario donde una y mil veces caí vencido por el sueño, entre destellos de luces y juguetes. La música de la orquesta municipal ensordecía los ecos de un murmullo de masas, que deambulaban su extraño sentido de diversión, de peculiar congregación festiva, rural y pre-urbana, hasta bien entrada la noche, hasta que podía atisbarse la madrugada como un resplandor emergente, como un rescoldo, al apagarse las luces del parque de Los Mártires… Sobre todo recuerdo la sensación de caer rendido, cuando al fin en casa, mi madre me liberaba de los zapatos aún cubiertos por el polvo de la feria y en esa paz de nido me reencontraba con el mundo real de lo onírico, tal y como se sueña, en el virgen universo de la infancia, la simple sonrisa de un payaso.
Ahora he podido determinar con precisión que tenía sólo cinco años cuando mis padres me llevaron, durante una breve estancia en Madrid, al mítico Circo Price y que todas las fotos de Pinito del Oro que he visto a lo largo de la vida prolongaron el mundo de mis primeros y más íntimos recuerdos, recuerdos de un mundo real soñado en fantasía y «recuerdos encubridores», que diría Freud, en los que nacen las raíces de mi conciencia.
Pero también ahora que con los años voy experimentando los beneficios del fructífero ejercicio de la introspección, ahora sé y siempre he presentido, que no es sino una mezcla de miedo y de tristeza lo que me inspiran las fieras enjauladas (leones, tigres, leopardos); que ningún elefante real me recordó nunca a Dumbo, ni le creí capaz de volar desplegando las orejas; que sólo puedo calificar de sufrimiento esa sensación de «alma en vilo dentro del estómago» que me produce contemplar los ejercicios de trapecistas y equilibristas; que me estremece por desazón y nerviosismo cualquier ejercicio que desafíe la ley de la gravedad; y que ante los magos con chistera nunca me dejé arrastrar por la magia, pues estaba demasiado atareado buscando la trampa.
¿Qué es lo que me fascinaba, pues, del maravilloso mundo del circo? Pudiera haber sido tal vez la abigarrada mezcla de riesgo y diversión, pulsión de vida y pulsión de muerte, que conlleva el espectáculo del riesgo y de lo desconocido, de luces y oscuridad, cuando sólo puede presentirse el peligro facturado para ser vendido bajo una carpa de lona… pero creo que no, ahora sé que no podría explicar aquella fascinación sin recurrir a «lo que nunca puede faltar en un circo» (así lo pregonaban en el Price): los payasos impregnan esos recuerdos, personifican la alegría infantil, un sentido de lo cómico, del humor y de la risa que, en definitiva, cautiva la memoria. Los primeros recuerdos que me acompañan…

… No existe el humor en las leyes de la física ni de la química orgánica, sino en el ámbito subjetivo de la personalidad, que lo convierte todo en experiencia vivida y singular. Tal vez por esto, el humor, el arte y los sueños se entienden tan bien en sus sinergias, porque todos constituyen una perspectiva común desde la que se proyecta la realidad en su desafío a las leyes de la lógica y del mal llamado sentido común, que «nos engaña» bajo el aparente control de la conciencia.

Esa madre bondadosa y misericordiosa que en la infancia me llevaba al circo, fue diagnosticada de demencia senil y principio de Alzheimer. Vivía inmersa en el caos de la desmemoria y disfrutaba como nadie los destellos de luz que desordenadamente iluminaban sus recuerdos. En ella corroboré a diario los efectos terapéuticos del humor, cuando su semblante se iluminaba y parecía entender que su vida tenía ya sólo este, para mí, tan miserable sentido: el de esperar algún instante en el que de la confusión surgiera algo más que una mueca, una sonrisa, de esas que se convierten en el norte de los densos minutos de los días de los años que conducen a la nada. A veces pienso que sólo esos bonitos momentos de alegría justifican su vida y complacen mis recuerdos. Había perdido la memoria, pero nunca perdió la capacidad de sonreír, que es la imagen más emotiva que de ella retengo…

Si lloramos al nacer y reímos para no morir, no encuentro mejor razón para argumentar la enorme importancia que el humor tiene en nuestras vidas y, creo, en fin, que no debo extenderme en mayor explicación de una obviedad tan menospreciada y que, tal vez, convenga recordar, no vaya a ser que, con tanto darla por supuesta, acabe cayendo en el olvido.

Federico García Serrano

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