El cine como aventura solitaria

Agradezco a mis muchos años en TVE la aventura semanal de escapar una vez por semana (los lunes a la sesión de las 16 horas) para ver una película, aprovechando un hueco en la jornada laboral. Casi siempre, mis escapadas eran en solitario, a alguna de las multisalas próximas a Prado del Rey, o a las minisalas de la zona de Princesa, cuando la película merecía ser vista (casi siempre) en versión original…

Mis escapadas cinematográficas estaban marcadas frecuentemente por esta condición solitaria (rota a veces por la inestimable compañía de alguno de mis más queridos  compañeros de trabajo, como la ya eterna Kika Fraiz, María Calleja, Guillermo Summers…) Pero compartir manías no es tan fácil, ni sobre todo puede hacerse con demasiada frecuencia. Ir al cine en solitario tiene algunas, pocas, pero inestimables ventajas, sobre todo porque eliges película sin discutir más que contigo mismo, nadie te regaña si la elección no es la adecuada y además interiorizas los films sin mayor contaminación, con la simple huella tantas veces efímera que la película deja en tu memoria. Debo confesar que no siempre me acompañaba el acierto en la selección, pero las sesiones de las 16:00 en los acomodados sillones de Kinépolis son maravillosos para dormir la siesta a pierna suelta. En muchas ocasiones, la sala estaba totalmente vacía y la película se proyectaba solo para mi… este placer es insuperable: cientos de butacas vacías, una gran pantalla, un sonido envolvente y toda la película sólo para ti, arrepanchigado en tu sillón.

Desde que tengo cierta edad, la de un joven entrado en años, siento la necesidad de escribir cuando la película me ha interesado lo suficiente para hacerle un hueco en mi pobre y maltrecho equipaje intelectual, si es que se le puede llamar así. Es una forma de combate preventivo contra el alzheimer que nos amenaza a todos, un poco más a los que tenemos antecedentes familiares, pero también es una forma de hacer un poco de gimnasia mental sin darle el coñazo a nadie. La ventaja de escribir y subirlo al blog es que quien quiere seguirte lo hace, cuando y como quiere, y quien quiere pasar puede hacerlo de la manera más olímpica sin dañar tu vulnerable sensibilidad.

Compartir tus pensamientos con una nube donde se asoman personas desconocidas es el mejor complemento que soy capaz de imaginar para la aventura de ver películas en solitario, recrearlas en tu mente, analizar sus entresijos y proyectarte en esos mundos de luz donde tantas veces descubres personajes que te emocionan. Esta es otra de las grandes ventajas de la aventura solitaria, poder emocionarte sin vergüenza cuando el film toca tu fibra sensible. Quien no haya llorado nunca en el cine no es un ser humano.., o es un ser humano que no sabe lo que se pierde. Además, la edad nos hace más vulnerables.

Esta afición al cine como vivencia en solitario, tan exquisitamente captada por Woody Allen en La rosa púrpura de El Cairo, se remonta en realidad a la adolescencia, enamorado de Katharine Hepburn, cuando las aburridas tardes de instituto eran semanalmente sustituidas por tardes de pellas en las sesiones dobles del cine Marvi y, cuando uno ya era universitario, por los maratones en Filmoteca Española, a la que se iba en peregrinación siguiendo los pasos en sus constantes cambios de sede, por la Cuesta de San Vicente, en la calle López de Hoyos, en la sede del Museo de Arte Contemporáneo en la Ciudad Universitaria, en el Cine Doré…

Nunca fuÍ cinéfilo para presumir, pues mi amnesia proverbial para olvidar las películas después de haberlas visto antecede en muchos años mi etapa de prejubilado. Además, me gustaba demasiado el fútbol, los bocadillos de calamares a la romana y los paseos por el campo como para resultar creíble como intelectual. No podía compartir con nadie mi desconcierto con las películas de Godard, ni confesar que me quedé dormido viendo El manantial de la doncella, que la Gran Bouffe me resultó un pestiño y que las películas de Louis de Funes me hacían reír, sobre todo La gran juerga, que vi seis o siete veces seguidas. No, como cinéfilo me faltaba solera, constancia y memoria, así pues, yendo al cine en solitario, podía actuar libremente sin que mis actos ni mis palabras me delataran. Esta condición de espectador solitario me parece consustancial al cine, pues aunque veamos la película en colectividad y con algún pariente o amigo en la butaca de al lado, el almacén de la memoria nos enfrenta, al fin, al ejercicio solitario de ubicar nuestros recuerdos en las estanterías del cerebro, o dejarlos caer por los agujeros, o las inmensas lagunas, que se abren entre sinapsis y sinapsis en los procelosos mundos de nuestras neuronas. Ahora Google acudió al rescate y, en fin, también como cibernautas nos acompaña la soledad.

Federico García Serrano

 DESCARGAR TEXTO EN PDF 

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *