Cold War, amor intermitente y guerra fría

Entre el amor y el desamor, la pasión más ardiente fluctúa, aparece y desaparece y se transforma en algo frío y desangelado, en desasosiego en el límite de una contradicción imposible de racionalizar, pero todo parece dispuesto para la épica. No quiero decir con ello que Cold War sea una película fría, por más que lo sea el contexto polaco del denso periodo de posguerra (años 50 y 60), por más que la música y la exaltación de las emociones ponen el calor y la distancia adecuados en una historia tan bella y triste, sino que es la melancolía que envuelve a los personajes y la potente estética de alto contraste en blanco y negro de Pawlikowski la que refuerza esta idea glacial de amor arquetípico e intermitente, desolador, entre personajes condenados por el destino a no entenderse, un fuego metafóricamente contemplativo que viene y va, como si las tensiones sociales de la guerra fría impregnaran la atmósfera que viven dos seres inmersos en una compleja tensión emocional de encuentros y desencuentros.

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Atención: el contenido de este artículo puede revelar aspectos del argumento del film

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