Comunión, dejados de la mano de Dios

El galardonado como mejor documental del cine europeo del pasado año, firmado por la debutante Anna Zamecka, pulveriza, una vez más, las fronteras entre documental y ficción. Ahondando en territorios que sitúan lo filmado entre el docudrama semi-guionizado y una realidad conmovedora, subjetivamente recreada, escenificada ante la cámara con la dúctil complicidad de todas las personas que intervienen en él, pues todos parecen dispuestos para unificar la mirada de la directora. Sin embargo el retrato humano conseguido tiene tal fuerza que apenas se aprecia artificio alguno, la cámara se introduce con fluidez por los pequeños espacios reducidos y tenemos la sensación de haber infiltrado nuestra mirada en la intimidad de una familia desestructurada, en un humilde hogar de la Polonia de nuestros días, para descubrir la peripecia anónima de una niña adolescente de catorce años que nos fascina, nos emociona, en sus intentos de salvar del naufragio a su familia, que se prepara para la comunión de su hermano, un niño autista de trece años. Y sin embargo, en la Polonia profundamente católica en la que las vidas parecen girar en torno a la religión, es como si Dios se hubiera olvidado de sus criaturas, como si se hubieran desatado todos los lazos de un modelo roto de familia cristiana, desgastado y, paradójicamente, atrapado en las tradiciones y las rutinas sociales.

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